“Las Minas del Rey Salomón” 

Sara Azcárate

 

 

Los protagonistas ingleses de la película norteamericana intelectualizan, se plantean cuestiones que están más allá del aquí y ahora, que afectan a los tres tiempos, que tienen que ver con sus motivaciones psíquicas, condicionadas por su pertenencia a la cultura occidental; atracción amorosa, juegos de poder, previsión de incidentes, conveniencia de seguir adelante arrostrando todos los peligros, o ceder y volver atrás.

 

Ante ellos avanza la fila de aborígenes contratados para la expedición. La comitiva de portadores canta. Sus improvisadas letras narran lo que está cerca. No hablan del peligro abstracto de la jungla sino de animales que acechan; el guepardo, las serpientes, o los cocodrilos concretos, que pueden atacar en cualquier momento. Tampoco hablan de relaciones afectivas, que implican tiempo y continuidad, sino de la suerte que disfruta ahora el guía blanco, S. Granger, por llevar a su lado a la mujer de los cabellos de fuego, la pelirroja D. Kerr.

 

Distintos radios de pensamiento, diferentes culturas que, sin embargo, se comunican a través de la frase del héroe “No hay ninguna criatura en la selva que no persiga a otra”. Y para ilustrar su sentencia, menciona un juego practicado por los nativos, en el que A persigue a B, B a C, C a D y en cada partida se intercambian los papeles. Los que ganan se quedan con prendas u objetos insignificantes, sólo deseables porque también los demás los apetecen. Y así, una y otra vez, de vuelta al infinito del non sense. Ella le pregunta al galán “A usted no le interesa la vida ¿verdad?” Los británicos filosofan, los nativos sólo prestan atención a su cuerpo y situación presente, a sus deseos más próximos, que son los mismos que ratifican su pertenencia a la comunidad. El sentido de sus vidas está, por tanto,  fusionado al de la comunidad, a la compañía, a la relación con el Otro.

 

A una mente entrenada en el pensamiento abstracto, este juego de la Realidad por homeóstasis, forzosamente, le resulta difícil por no decir torturante. Si la inteligencia pone en tela de juicio las seguridades o el marco de juego de la comunidad, lo único que ocurre es que cava su propia tumba, o sea, adviene la soledad. Lo primero que garantizaría la supervivencia de esta Mente aislada sería un nuevo marco referencial. En este primer salto, simultáneamente afuera y adentro, o sea, al filo de las leyes o perspectivas sociales, se encuentran todas las religiones como cosmovisiones que vuelven a prometer la unidad del Ser perdido en la encarnación. Paralelamente, la ley social abandonada se ve sustituida por la ley espiritual, que vuelve a englobar tanto a los seres integrados, como toda la creación, lo cual incluye incluso, si se deja, al ser desgajado. El origen de las religiones, al contrario del de la cultura, consiste en hacerse cargo y manipular en su beneficio, y en el del poder al que pertenece, la angustia metafísica de los seres (Heidegger).

 

Después de la ley social, la religiosa y ¿después? Posteriormente, la mente abstracta, superadas todas estas trampas de A detrás de B, y B detrás de C, reconoce con desesperación, por demás coherente, que ninguna vasija puede contenerle. En ese punto no está sola. Lo social ofrece un amplio abanico de entretenimientos y juegos sin sentido. Entre otros, culpar al Ser de su ansia. Cuando el sistema ya no puede contener, en el sentido de retener, tergiversar, mixtificar, la potencialidad del Ser, le queda la religión sin Dios: la búsqueda de sí mismo. Arguye que la inestabilidad proviene de su propia biografía  y el Ser se aplica en financiar la búsqueda de su Yo auténtico, es decir, controlado. Búsqueda que conduce al Ser desencajado hacia el Yo que habrá de ser resocializado. Bajo la vaga promesa del control de sí mismo se le reintegra al primer orden del que emergió, al juego del sin sentido en el que, sin embargo, puede ocupar un lugar con sentido, puesto que la ley, por debajo de su falsedad, se sustenta, precisamente, en la condición de ceguera de todos. El absurdo, que no la historia (Hegel) fagocita la vida de los que existen en la única dimensión manifestada del Ser, el tiempo que les crea y anónimamente les devora  (Unamuno)

 

Seguramente, sólo ordenando y creando resistencia, el ser Aislado podrá escapar, siempre momentáneamente y sin garantías de repetición, del siguiente paso, el desequilibrio absoluto. Pero, cuanto más apegado permanezca el Ser a la comprobación cotidiana, al redescubrimiento de lo sabido como no sabido, a la impenitente constatación de su imposibilidad intrínseca de poder formar parte de la Realidad del grupo, más abocado a la frustración continuará. La permanencia en ese estado de ímproba constatación de lo Mismo amenaza, también constantemente, la supervivencia individual, puesto que el Ser experimenta, con toda la intensidad imaginable, la impossibilia de su pertenencia a cualquier marco que pudiera otorgarle sentido, aunque ese sentido sea un sin sentido.

 

En este punto, el Ser profundamente socializado, es decir, convencido de la bondad ética, del deber de ser kantiano, no cede ante las pasiones puesto que éstas han sido convenientemente domesticadas. En ese momento, el Ser incapaz de expresar su angustia en el marco social, sobre todo, en la era posmoderna donde el mismo marco se va diluyendo, constata, ya no la imposibilidad de ser contenido en un marco referencial, sino la obligación moral de contenerse por su cuenta y riesgo (ética del análisis lacaniano).

 

El Arte es quizá la más potente oportunidad para impedir el desbordamiento (No tenemos más que un recurso frente a la muerte: hacer arte antes de que llegue. R. Char) de ese sinsentido que es ahora radicalmente individual. Pero, no todos los seres que integran el Ser, disponen de habilidades artísticas para controlar, sublimar y asegurar su posición y continuidad en la corriente natural o mediada por el tiempo que sustenta la dimensión existencial. Una corriente que sólo puede discurrir o darse cuando el Ser no hurga en lo inescrutable que le constituye: el Tiempo mismo que desciende al Ser de su status inaprensible y distribuye, filtra, acomoda, limita la infinitud abstracta del Ser pensante al ser viviente. Es decir, que en la condición sine qua non de la continuidad de la vida, se asienta la práctica de evitar u orillar permanentemente el posible cuestionamiento de todas y cada una de las bases pactadas (sociales, culturales, religiosas) que configuran la Realidad (A. García Calvo).

 

El Tiempo y su mayúscula es la intuición que todo lo resolvería si el Ser comprendiera y, aún más, supiera utilizar, en ansiada visión sincrónica, todos los datos y la información que, como río arrastra, empuja y lleva al final (Heráclito). Concienciación de lo fugaz o condensación de la Idea Total en la que, como es sabido, no se puede existir físicamente. Eternidad presente, kairós, coincidentia oppositorum, calma de la meditación sin Yo y, por tanto, suspensión y anulación ya del propio pensamiento.

 

La Idea Total carece de marco adecuado a su plena realización (potencia y acto en Aristóteles) Es, pues, la máxima abstracción imaginable. El Ser, imantado por la Idea, queda aniquilado, colapsado, desbordado, a merced de una idea sin continente ni recorrido, pues, el Tiempo ha sido abolido. Sólo puede reflejar su avance en las cosas de la vida prosaica, dotándolas de espíritu (Platón), de manera que si nada, ningún deseo se cumple cabalmente, pueda reflejar su ansia en los fragmentos, que siempre responden, aunque deficitariamente, en un conjunto inimaginable marcado, precisamente, por su carácter infinitamente repetitivo (fenómenos). El Ser permanece así suspendido, pero no relacionado con la inmanencia, salvo a través de dolorosas intermitencias, dolorosas por su falta de continuidad, salpicado de los siempre escasos clímax visionarios que denomina éxtasis. Una relación imposible, pero profusamente defendida, como algo que, en un momento dado de eclosión, a posteriori, como toda experiencia, adquirirá su masa o corporizará todo su sentido.

 

En la espera, en el gozne o bisagra de la religatio (de ahí la esperanza)  se sustenta toda religión, cuya promesa se basa en religar al Ser con la Idea Total. Expectativa que por ser, en su mismo origen imposible, exige del Ser la fe y el cuidado vigilante de sus propias pasiones, como obligación moral. Si esa religatio no se cumple en vida, como suele acontecer, se inventa la Otra para alargar y asegurar la creencia. Así, por mucho que el Ser logre maniatar y silenciar su angustia, siempre recaerá sobre sí mismo la culpa de no experimentar, de no sentir nunca ni un leve atisbo de esa unión que podría salvarlo, ya no de la vida que encarna sino de sí mismo. De nuevo, pues, la culpa que estructura tanto la religión (donde la meta es Dios evanescente o todas las B persiguiendo infinitamente la unicidad de A) como el psicoanálisis, donde la meta consiste en dar un contorno vivible al Ser desbordado por sí mismo. Absorción del significado por el significante o corporización del Yo cual vacío.

 

Como sabemos, lo más sobresaliente del curso de la vida es su repetición (en Lorca, Qué esfuerzo del caballo por ser caballo... ), su terco avanzar hacia ninguna parte, porque la vida es una incesante colección de comienzos condenados a frustrar su realización. Seguramente avanza pero el Ser no lo percibe. Avanza por el cuerpo, por su intuición biológica del Tiempo, ya que éste continúa y para ello ha de mantener una larga y compleja serie de procesos que permitan al Ser disponer de un cuerpo, y a la mente continuar análogamente con la repetición de la búsqueda infinita, que lo es tan solo mientras el cuerpo avance, garantizando la persecución repetida y siempre frustrada, pues sólo se manifiesta por melancólicos fragmentos, prendas o abalorios de la Idea Total en juego.

 

Así resulta que, solamente la repetición de procesos, con todos los detritus, deshechos y restos que bajan flotando por el río, tanto psíquicos como corporales, sustenta paralela el deslizamiento metonímico del Ser. Caudal de restos terriblemente confuso y sin sentido, que ni la ética social, ni el futurismo religioso, ni el análisis pueden abarcar en su totalidad.

 

La repetición  per se garantiza, pues, la continuidad física siempre desencajada respecto al pensamiento abstracto no utilitario, que para la mayoría de las creencias es el espíritu sin Yo. Así como el mono, en sus calculados brincos de rama en rama, no suelta nunca su seguridad última, sujetándose por la cola hasta cogerse fuertemente con la mano a la siguiente, el Ser no puede perder sus seguridades ulteriores, constitutivas del Yo, hasta no afianzarse en las siguientes. Seguridades de las que su ansia le inducen a desprenderse de inmediato, en busca de la siguiente rama. Y así es como el juego de A tras B, B tras C, ad infinitum, se hace presente o presentifica la vida individual, asegurando la continuidad en el Tiempo a través de la repetición o síntoma.

 

Aprender a sobrevivir sabiendo fragmentariamente, pues el saber o Idea Total amenaza la misma supervivencia, consiste por tanto en ponerse el Ser, a sí mismo, cuantas más ramas pueda por delante. Si su intensa indagación no se detiene en cada una de ellas, para después soltarlas y proseguir (voluntad), el Ser está en peligro de no-vida (noluntad) y su adscripción al grupo social, así como toda creencia en un más allá, se verá incapaz de contenerlo en la continuidad ya más que amenazada sin la salvífica fuerza ciega de la voluntad (Schopenhauer). Avanzará, sí, pero siempre arrastrado por la fuerza del sin sentido, cabalgando el Tiempo, haciéndose real a saltos, real en su pura Repetición por la que todas y todos para Ser Yo (sujetos) deben luchar ya no importa por qué ramas.

 

El suicidio consistiría en no admitir ya más repetición alguna, la supervivencia en tolerarlas. Ya que, como decía S. Granger, “no hay ninguna criatura en la selva que no persiga a otra”. Para no terminar, se trata de seguir creyendo que en cada salto espera la posibilidad de un despliegue en lo real, yendo siempre del Ser imaginario al Yo intermitente de las ramas, o de la potencia a su siempre insatisfactoria actualización (Aristóteles).